
Sí. Yo también tuve en el colegio a un profesor de Educación Física que, a los nueve años, quiso hacerme campeón de la nada. Como se dio cuenta de que no le era útil, un trimestre invernal me puso un 3,7 de promedio.
Él se mostraba muy orgulloso por su rigidez. Por ser estricto y cumplir las reglas. Empero, sus reglas mataron por décadas mis ganas de volver a hacer ejercicio.
Hoy, a mis 34 años, peso 104 kilos. Este es, públicamente y a partir de hoy, mi punto de partida.
Sin embargo, decidí apostar por el cambio. Una transformación real e intensa cuya historia ya tiene varios meses de esfuerzo, convicción y voluntad.
Con mi sobrepeso a cuestas, comencé mi reencuentro con el trote en Montevideo, Uruguay. Lo mantuve durante semanas, hasta que lo estrené en la corrida organizada por Reebook en abril de 2007.
Fui lentamente aumentando los tiempos. Quince, veinte... treinta minutos...
Sí, a mi también me daba un profundo fastidio tener que hacerlo. Me contracturaba y me ahogaba. Pero ya al tercer día, aprendí naturalmente a respirar. Entendí la importancia de la hidratación, de las elongaciones y los trabajos físicos previos.
Ganarle a mis propios fantasmas, fue la primera gran victoria. Darme cuenta de mis fortalezas, mi primer gran trofeo.
Ese 22 de abril, nadie apostaba siquiera a que cruzaba la meta. Muchos se rieron de mis ganas por llegar a ella, pensaron que caería fulminado a los doscientos metros, o que simplemente recularía y ni me presentaría a la competición.
Ellos, juzgaron mi voluntad por el tamaño de mi cinturón. Jamás pensaron que un cuerpo grande -tiene por obvia lógica-, un corazón inmenso.
Fui. Corrí, no paré en todo el trayecto de diez kilómetros.
Y lo hice.
Traspuse la línea final y esos segundos de gloria abrieron la puerta a un hábito que, con los altibajos propios de la vida moderna, he luchado por mantener al menos cuatro veces por semana desde entonces.
Ahora que he vuelto de mis vacaciones en Montevideo, y luego de doce meses, he logrado consolidar una hora al día de trote sostenido y sin detenciones. Y quiero conservar ese trabajo durante todo este año.
Ese es mi gran desafío, y la razón que me impulsa a invitarlos a que dejen la silla y se unan a este gran movimiento.
Uno que, espero, termine por mover a toda una generación.
¿Qué busco? Algo muy simple. Motivarlos a todos, pero especialmente a aquellos que cargan con un sobrepeso moderado y que no se atreven, tienen miedo, desidia o creen que no pueden, a que tomen la opción por el cambio.
Si fui capaz de hacer cuatro corridas de 10 kilómetros con veinte kilos de más durante un año, les aseguro que cualquiera puede.
Quiero que recuperen el orgullo por sus cuerpos; que los conviertan en un instrumento -no de ridiculizaciones ni mofas-, sino en un espectacular ejemplo de cuán poderoso es el corazón humano cuando la voluntad también es tamaño XL.
Un corazón como el mio, o como el de ustedes.
Quiero que sean fervientes seguidores de una causa que acalle las voces que buscan mirarnos en menos. Que nos tomemos las calles, los parques, las plazas... Que demostremos que las ganas pueden más que unos cuantos kilos.
Que nos aceptemos. Que nos ganemos el respeto de nosotros mismos.
A través de este blog, les comentaré de los progresos que vaya obteniendo, tanto en tiempos, distancias, regularidad y reducción de peso. Intentaré entregar -por medio de los especialistas que iré entrevistando- la mayor cantidad de consejos médicos, deportivos y experienciales que puedan serles de utilidad.
Por supuesto, también es un espacio para que ustedes se vayan sumando y manifiesten sus inquietudes.
La invitación está hecha.
Nos vemos afuera.
EUGENIO FIGUEROA
Él se mostraba muy orgulloso por su rigidez. Por ser estricto y cumplir las reglas. Empero, sus reglas mataron por décadas mis ganas de volver a hacer ejercicio.
Hoy, a mis 34 años, peso 104 kilos. Este es, públicamente y a partir de hoy, mi punto de partida.
Sin embargo, decidí apostar por el cambio. Una transformación real e intensa cuya historia ya tiene varios meses de esfuerzo, convicción y voluntad.
Con mi sobrepeso a cuestas, comencé mi reencuentro con el trote en Montevideo, Uruguay. Lo mantuve durante semanas, hasta que lo estrené en la corrida organizada por Reebook en abril de 2007.
Fui lentamente aumentando los tiempos. Quince, veinte... treinta minutos...
Sí, a mi también me daba un profundo fastidio tener que hacerlo. Me contracturaba y me ahogaba. Pero ya al tercer día, aprendí naturalmente a respirar. Entendí la importancia de la hidratación, de las elongaciones y los trabajos físicos previos.
Ganarle a mis propios fantasmas, fue la primera gran victoria. Darme cuenta de mis fortalezas, mi primer gran trofeo.
Ese 22 de abril, nadie apostaba siquiera a que cruzaba la meta. Muchos se rieron de mis ganas por llegar a ella, pensaron que caería fulminado a los doscientos metros, o que simplemente recularía y ni me presentaría a la competición.
Ellos, juzgaron mi voluntad por el tamaño de mi cinturón. Jamás pensaron que un cuerpo grande -tiene por obvia lógica-, un corazón inmenso.
Fui. Corrí, no paré en todo el trayecto de diez kilómetros.
Y lo hice.
Traspuse la línea final y esos segundos de gloria abrieron la puerta a un hábito que, con los altibajos propios de la vida moderna, he luchado por mantener al menos cuatro veces por semana desde entonces.
Ahora que he vuelto de mis vacaciones en Montevideo, y luego de doce meses, he logrado consolidar una hora al día de trote sostenido y sin detenciones. Y quiero conservar ese trabajo durante todo este año.
Ese es mi gran desafío, y la razón que me impulsa a invitarlos a que dejen la silla y se unan a este gran movimiento.
Uno que, espero, termine por mover a toda una generación.
¿Qué busco? Algo muy simple. Motivarlos a todos, pero especialmente a aquellos que cargan con un sobrepeso moderado y que no se atreven, tienen miedo, desidia o creen que no pueden, a que tomen la opción por el cambio.
Si fui capaz de hacer cuatro corridas de 10 kilómetros con veinte kilos de más durante un año, les aseguro que cualquiera puede.
Quiero que recuperen el orgullo por sus cuerpos; que los conviertan en un instrumento -no de ridiculizaciones ni mofas-, sino en un espectacular ejemplo de cuán poderoso es el corazón humano cuando la voluntad también es tamaño XL.
Un corazón como el mio, o como el de ustedes.
Quiero que sean fervientes seguidores de una causa que acalle las voces que buscan mirarnos en menos. Que nos tomemos las calles, los parques, las plazas... Que demostremos que las ganas pueden más que unos cuantos kilos.
Que nos aceptemos. Que nos ganemos el respeto de nosotros mismos.
A través de este blog, les comentaré de los progresos que vaya obteniendo, tanto en tiempos, distancias, regularidad y reducción de peso. Intentaré entregar -por medio de los especialistas que iré entrevistando- la mayor cantidad de consejos médicos, deportivos y experienciales que puedan serles de utilidad.
Por supuesto, también es un espacio para que ustedes se vayan sumando y manifiesten sus inquietudes.
La invitación está hecha.
Nos vemos afuera.
EUGENIO FIGUEROA
VOLUNTAD XL
PD: Por favor, antes de ponerse a trotar o a realizar cualquier ejercicio físico, que un facultativo les de la autorización respectiva.
2 comentarios:
Pucha que es importante eso de la motivacion y el encantarse o entusiasmarse por la actividad física cuando uno es niño.Yo también tuve malos modelos en mi enseñanza básica y media y despues de "viejo" (35) me apasioné por la vida sana y la actividad física en general. Nunca es tarde...
Esa es la idea, Pablo. Hacer de este ejercicio, mi vida. Ahora, tengo la impresión que con los años, los profesores de educación física están más pendientes hoy de inculcar la actividad física en los niños que de sacar megacampeones. Esa, creo que es a la larga una gran victoria, aunque me encantaría que aumentaran las horas de educación física en los colegios. Estoy seguro que los alarmantes índices de obesidad en nuestros niños, una decisión política de esa envergadura revertiría esa tendencia.
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